Tuesday, February 27, 2007


Yachana Wasi


Ver como pasa y pesa el paso del tiempo

El viento curte el rostro y talla mis manos

Hay un secreto bajo mi cobertor rocillo:

no queda nada nuevo en la tierra de los hijos del Sol

Alturas


Alta ciudad de piedra, sendero místico e iniciático donde la igualdad humana conecta con la plenitud terrenal y la armonía del cosmos. ¿Cómo describir lo que se siente entrar en un espacio en el que cada forma, cada figura y cada espacio, adquieren significado y sentido?

La ciudad construida a escala humana, conecta al espacio con la tierra, con los elementos y lo divino. La ciudad como cuna de historias, de leyendas y de mitos. Esfuerzo, amor, devoción y trabajo se funden en los vestigios de una cultura solar, activa y creadora que se expande por los vericuetos de Los Andes en forma lúcida, holística y cimentada.

La marca de la chakana en la piedra, en los muros, en las calles, es la brújula y espejo, el punto angular hacia el eterno retorno. En el calor de la ciudad sagrada, cerca del sol de Viracocha, en el paso final de nuestra ruta del Tahuantinsuyo, antes de emprender el regreso, se despiden el Cóndor, el Puma y la Serpiente con sigilo, desde el centro del templo. Es mucho más que la cuna del relámpago y del hombre, Neruda: es la forma más prístina de representar lo que somos, para quienes estamos, y hacia dónde vamos.

A más de tres mil kilómetros de distancia, en las cercanías de las fértiles tierras de Arauco, rindo homenaje a los centenares de silentes testigos de la grandeza del Inca, que nos enseñan a mirar hacia adentro y reconocer con orgullo que somos gente de la tierra.

Regresión


Sentado en el útero cálido de mi guía que me acoge, vuelco mis pasos hacia tierras extrañas. La voz de la maestra inicia un relato del que me mantengo ajeno, un poco por temor, un poco por mi falta de creencia y de convicción. Pero de pronto la historia se aleja de las manos del narrador y se abrió enfrente.
Nunca antes una imaginería fue tan lúcida y vívida, ni las percepciones tan claras y poco difusas. Tres etapas que podrían coincidir con vidas anteriores -uso el condicional porque aún soy un escéptico- me mostraron caminos de lucha y reivindicaciones. Vi mis manos urdiendo planes para rescatar pozos de agua en el desierto y navegué junto a bucaneros trasladando alimentos para familias aisladas en un continente lejano.
¿Vi alguna vez esos rostros? ¿De dónde provienen aquellas vivencias? ¿Cuál es el mensaje, la conexión, la segunda lectura? Por lo pronto no importa. Tan sólo doy gracias –profundas y sensibles- a la maestra, María Angélica Carreño, por guiarme, un inolvidable lunes 11 de febrero, en la inenarrable experiencia de la regresión.