Wednesday, March 21, 2007


La ciudad del eterno retorno


Melipilla no sólo es en sí misma un cúmulo inagotable de historias. Es un lugar donde el tiempo pasa de forma ficticia, lenta y redundantemente. Quienes le sobrevivimos vemos pasar ciclos que se agotan y se pierden en sí mismos, mientras en el resto de mundo las ideas bullen y se crean movimientos para contrarrestar el avance de este sistema perverso que depreda a nuestra raza.

Mi abuela contaba que venir al cine era un verdadero periplo. Al llegar, la plaza estaba llena de gente. Los ancianos sentados en las banquetas arrojaban migas a las aves, mientras las parejas tomadas de la mano dibujaban círculos concéntricos, dejando pasar a los feligreses pinteados que abandonaban la iglesia.

Lúcida, me entregó estos versos apocalípticos:

“El día del fin del mundo
será limpio y ordenado
como el cuaderno del mejor alumno.
El borracho del pueblo
Dormirá en una zanja,
el tren expreso pasará
sin detenerse en la estación,
y la banda del Regimiento
ensayará infinitamente
la marcha que toca hace veinte años en la plaza.
Sólo que algunos niños
dejarán sus volantines enredados
en los alambres telefónicos,
para volver llorando a sus casas
sin saber qué decir a sus madres
y yo grabaré mis iniciales
en la corteza de un tilo
pensando que esto no sirve para nada.

Los evangélicos saldrán a las esquinas
a cantar sus himnos de costumbre.
La anciana loca paseará con su quitasol.
Y yo diré: ‘El mundo no puede terminar
porque las palomas y los gorriones
siguen peleando por la avena en el patio’” (1).

Camilo Sesto entibiaba desde la radio a los románticos de siempre, mientras en la televisión un grupo de chicos bailaba mostrando las polleras. Algunos se preparan para ir a la capital a buscar nuevas perspectivas; otros, en cambio, continúan soportando el yugo del patrón intransigente que los explota más allá del límite de lo permitido.

Inmigrantes y comerciantes siembran monopolios, y cosechan riquezas que sus hijos se encargan de disfrutar y de difundir. Ellos conciben la idea de casta en forma natural. Toman el control urbano y saben que sólo entre pares es posible sentirse en familia. Lo mejor parece ser crear colegios y espacios de diversión apropiados para sentar la diferencia, para evitar el roce, la contaminación, la mezcla.

Pero la ciudad que aspira a grande, continúa siendo una aldea. Pasa el tiempo y Melipilla sigue siendo una postal de sí misma. La plaza pública aún congrega a terratenientes y plebeyos. El borracho del pueblo, aunque tal vez ya no es el mismo, interpreta el rol que le corresponde mientras una loca zafada continúa lanzando piedras a los escolares. Cambian los personajes y sus rostros, pero no sus historias.

En la tele abierta la gente dice, cuenta y se ríe de lo mismo. La música de nuestras próceres emisoras haría sentir hoy en día a la abuela como si estuviera en casa. Los hijos de los hijos todavía usan y abusan enfrente de adláteres que quieren ser como ellos, imitando sus pasos y comprando sus formas a costa del vacío y la bancarota.

Como en la platónica alegoría de la caverna, Melipilla imita el movimiento de sus propias sombras. La tendencia es a que todo sea más de lo mismo, y nos conformamos con pensar que todo es un sueño, un deja vu o un recuerdo. “Esto ya lo vivimos” es el slogan. Melipilla es la rueda que gira sobre sí misma, incansable, incesante e impermeable al futuro.


(1) Fin del mundo:
Título: Los Dominios Perdidos.
Autor: Jorge Teillier.
Editorial: Fondo de Cultura Económica, 2002 (Quinta Reimpresión).
(*) La foto la tomé con mi cel. este verano, en enero, cuando vi desde mi casa el humo que anunciaba que el cerro El Sombrero se seguía quemando.
(**) Este texto fue publicado en El Labrador, un domingo 6 -6 de 06.

Tuesday, March 13, 2007


Melipilla, día de un año...

De pronto las luces de la ciudad se agolpan estereofónicamente sobre mi cabeza. De pronto, y un tanto hostigado por el quejido constante de los antagonistas del cambio, me permito evadir a una señora que alega contra el Transantiago porque hoy día no pudo tomar la micro frente a su casa, que no cree en las políticas públicas, porque éstas son una cosa sencilla ante sus ojos ilusos. Un poco de aire contaminado me refresca. Enciendo el pérsonal: “¿Cuántas veces me mataron?, ¿Cuántas veces me morí? Sin embargo estoy aquí, resucitando”; y un tema añejo me recuerda cuando, ‘guitarra en mano’, soñamos con resucitar a Melipilla, tocando música y haciendo el circo para los inmigrantes y politiqueros que mueven los hilos de esta crecida marioneta.

Y todo pasó de pronto. Me fui en esos buses del abuso que son un monopolio. Releo “Ser niño huacho en la historia de Chile. (Siglo XIX)” (1). Un tipo escribía en su portátil, ante el asombro de un niño que pasmado, configuraba en su imaginario el avance de la tecnología mirando el aparato. Me asombra lo insólito que puede ser para algunos, lo que para otros es cotidiano. Su madre decidió llevarlo en brazos, aunque ya no es un chiquillo. También de pronto, y así como de repente, un hombre le exigió a señora que pagara el pasaje del muchacho. Entonces, y también de pronto, los libros de nuevo sirvieron de algo. Recordé al profesor Salazar (que se ganó un Premio Nacional por hablar aquello que no les gusta oír a quienes los premiaron) cuando recordaba aquella historia de ese padre sumiso que deja entrar al patrón al rancho, para que se “divierta” con sus tías, su mamá y sus hermanas para servirle pleitesía, únicamente porque el cabrón era el dueño de la casa, de la hacienda y de parte de su pueblo.

Me dan ganas de leer y releer una y otra vez el “Balance patriótico”, la Historia de Chile narrada por Salazar y Pinto y el poema de Lihn donde contaba que nunca salió del horroroso Chile. Estoy llegando al politécnico y -también de pronto-, siento orgullo por mi origen obrero, trabajador, campesino y proletario. Cuando lo comento, percibo una cierta molestia por parte de aquellos próceres de esta zona agrícola y zapatera que alimentaron una amnesia incomprensible e intolerable, que beneficia el acoso histórico de los hacendados frente al pueblo.

En un muro del “Nuevo Roma”, un antro de la ciudad de Valparaíso, leí por primera vez la frase: “Hemos guardado un silencio muy parecido a la estupidez”.


(1) Gabriel Salazar, reeditado por Lom Ediciones este año. Un fragmento está disponible en americas.sas.ac.uk/publications/genero/genero_segunda1_Salazar.pdf