La ciudad del eterno retorno

Melipilla no sólo es en sí misma un cúmulo inagotable de historias. Es un lugar donde el tiempo pasa de forma ficticia, lenta y redundantemente. Quienes le sobrevivimos vemos pasar ciclos que se agotan y se pierden en sí mismos, mientras en el resto de mundo las ideas bullen y se crean movimientos para contrarrestar el avance de este sistema perverso que depreda a nuestra raza.
Mi abuela contaba que venir al cine era un verdadero periplo. Al llegar, la plaza estaba llena de gente. Los ancianos sentados en las banquetas arrojaban migas a las aves, mientras las parejas tomadas de la mano dibujaban círculos concéntricos, dejando pasar a los feligreses pinteados que abandonaban la iglesia.
Lúcida, me entregó estos versos apocalípticos:
“El día del fin del mundo
será limpio y ordenado
como el cuaderno del mejor alumno.
El borracho del pueblo
Dormirá en una zanja,
el tren expreso pasará
sin detenerse en la estación,
y la banda del Regimiento
ensayará infinitamente
la marcha que toca hace veinte años en la plaza.
Sólo que algunos niños
dejarán sus volantines enredados
en los alambres telefónicos,
para volver llorando a sus casas
sin saber qué decir a sus madres
y yo grabaré mis iniciales
en la corteza de un tilo
pensando que esto no sirve para nada.
Los evangélicos saldrán a las esquinas
a cantar sus himnos de costumbre.
La anciana loca paseará con su quitasol.
Y yo diré: ‘El mundo no puede terminar
porque las palomas y los gorriones
siguen peleando por la avena en el patio’” (1).
Camilo Sesto entibiaba desde la radio a los románticos de siempre, mientras en la televisión un grupo de chicos bailaba mostrando las polleras. Algunos se preparan para ir a la capital a buscar nuevas perspectivas; otros, en cambio, continúan soportando el yugo del patrón intransigente que los explota más allá del límite de lo permitido.
Inmigrantes y comerciantes siembran monopolios, y cosechan riquezas que sus hijos se encargan de disfrutar y de difundir. Ellos conciben la idea de casta en forma natural. Toman el control urbano y saben que sólo entre pares es posible sentirse en familia. Lo mejor parece ser crear colegios y espacios de diversión apropiados para sentar la diferencia, para evitar el roce, la contaminación, la mezcla.
Pero la ciudad que aspira a grande, continúa siendo una aldea. Pasa el tiempo y Melipilla sigue siendo una postal de sí misma. La plaza pública aún congrega a terratenientes y plebeyos. El borracho del pueblo, aunque tal vez ya no es el mismo, interpreta el rol que le corresponde mientras una loca zafada continúa lanzando piedras a los escolares. Cambian los personajes y sus rostros, pero no sus historias.
En la tele abierta la gente dice, cuenta y se ríe de lo mismo. La música de nuestras próceres emisoras haría sentir hoy en día a la abuela como si estuviera en casa. Los hijos de los hijos todavía usan y abusan enfrente de adláteres que quieren ser como ellos, imitando sus pasos y comprando sus formas a costa del vacío y la bancarota.
Como en la platónica alegoría de la caverna, Melipilla imita el movimiento de sus propias sombras. La tendencia es a que todo sea más de lo mismo, y nos conformamos con pensar que todo es un sueño, un deja vu o un recuerdo. “Esto ya lo vivimos” es el slogan. Melipilla es la rueda que gira sobre sí misma, incansable, incesante e impermeable al futuro.
(1) Fin del mundo:
Título: Los Dominios Perdidos.
Autor: Jorge Teillier.
Editorial: Fondo de Cultura Económica, 2002 (Quinta Reimpresión).
Mi abuela contaba que venir al cine era un verdadero periplo. Al llegar, la plaza estaba llena de gente. Los ancianos sentados en las banquetas arrojaban migas a las aves, mientras las parejas tomadas de la mano dibujaban círculos concéntricos, dejando pasar a los feligreses pinteados que abandonaban la iglesia.
Lúcida, me entregó estos versos apocalípticos:
“El día del fin del mundo
será limpio y ordenado
como el cuaderno del mejor alumno.
El borracho del pueblo
Dormirá en una zanja,
el tren expreso pasará
sin detenerse en la estación,
y la banda del Regimiento
ensayará infinitamente
la marcha que toca hace veinte años en la plaza.
Sólo que algunos niños
dejarán sus volantines enredados
en los alambres telefónicos,
para volver llorando a sus casas
sin saber qué decir a sus madres
y yo grabaré mis iniciales
en la corteza de un tilo
pensando que esto no sirve para nada.
Los evangélicos saldrán a las esquinas
a cantar sus himnos de costumbre.
La anciana loca paseará con su quitasol.
Y yo diré: ‘El mundo no puede terminar
porque las palomas y los gorriones
siguen peleando por la avena en el patio’” (1).
Camilo Sesto entibiaba desde la radio a los románticos de siempre, mientras en la televisión un grupo de chicos bailaba mostrando las polleras. Algunos se preparan para ir a la capital a buscar nuevas perspectivas; otros, en cambio, continúan soportando el yugo del patrón intransigente que los explota más allá del límite de lo permitido.
Inmigrantes y comerciantes siembran monopolios, y cosechan riquezas que sus hijos se encargan de disfrutar y de difundir. Ellos conciben la idea de casta en forma natural. Toman el control urbano y saben que sólo entre pares es posible sentirse en familia. Lo mejor parece ser crear colegios y espacios de diversión apropiados para sentar la diferencia, para evitar el roce, la contaminación, la mezcla.
Pero la ciudad que aspira a grande, continúa siendo una aldea. Pasa el tiempo y Melipilla sigue siendo una postal de sí misma. La plaza pública aún congrega a terratenientes y plebeyos. El borracho del pueblo, aunque tal vez ya no es el mismo, interpreta el rol que le corresponde mientras una loca zafada continúa lanzando piedras a los escolares. Cambian los personajes y sus rostros, pero no sus historias.
En la tele abierta la gente dice, cuenta y se ríe de lo mismo. La música de nuestras próceres emisoras haría sentir hoy en día a la abuela como si estuviera en casa. Los hijos de los hijos todavía usan y abusan enfrente de adláteres que quieren ser como ellos, imitando sus pasos y comprando sus formas a costa del vacío y la bancarota.
Como en la platónica alegoría de la caverna, Melipilla imita el movimiento de sus propias sombras. La tendencia es a que todo sea más de lo mismo, y nos conformamos con pensar que todo es un sueño, un deja vu o un recuerdo. “Esto ya lo vivimos” es el slogan. Melipilla es la rueda que gira sobre sí misma, incansable, incesante e impermeable al futuro.
(1) Fin del mundo:
Título: Los Dominios Perdidos.
Autor: Jorge Teillier.
Editorial: Fondo de Cultura Económica, 2002 (Quinta Reimpresión).
(*) La foto la tomé con mi cel. este verano, en enero, cuando vi desde mi casa el humo que anunciaba que el cerro El Sombrero se seguía quemando.
(**) Este texto fue publicado en El Labrador, un domingo 6 -6 de 06.

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