Monday, June 25, 2007


Melipilla televisión a color

Aunque no era una propuesta tan contundente, se extraña el canal melipillano. Encendí la tele hace un par de días y me enteré que ya no estaba. Hace poco más de una semana que veo un recuadro sobre negro donde avisan que lo sometieron a algo así como un ‘mantenimiento’. Inexplicablemente no encontré divertido el anuncio, a pesar de que no soy fan de la señora Carreño, ni de los lugares comunes de esos señores que animan su programa como si estuvieran en la radio. Tampoco de esos imperdonables “rostros”, con un ego grande y poca autocrítica. En fin. No fue divertido saber que Más tevé ya no existe.

Desde ese día, y casi por azar, la desaparición pasó a ser tema de conversación. Se rumoreaba que el canal había sido cerrado y que ya no tendríamos más la dicha de ver sus programas. Pensar el asunto se hacía insufrible. En el mundo hay organizaciones que luchan porque en un país como Venezuela, se restablezca la libertad de expresión. En nuestro país, los medios siguen controlados por un par de monopolios, ligados a intereses económicos tendientes a favorecer a la derecha política. En Melipilla pasa exactamente lo mismo. Realmente no es un escenario auspicioso. Cuando la verdad oficial está controlada por intereses particulares, quienes nos encontramos fuera quedamos un poco a merced.

Por esta razón, las experiencias comunitarias, las autogestionadas y las ideas creativas que intentan torcerle la mano a la censura, se agradecen en estos días. Después de algunos días de pesquisas, una persona muy cercana a Claudio Ramírez, el ideólogo, productor, director, genio y mentor de esta estación televisiva, me comentó que había vendido –cual You Toube o alguna mega corporación-, la fructífera idea de emisiones de programación local. No sé si triste es la mejor palabra, pero al menos fue rudo. Bajoneante. Penca. No sólo porque conocemos el esfuerzo notable de Claudio, el soñador, utopista, terco y tenaz que logró hacer que dos computadores lentium –y de esto hace por lo menos cuatro años-, pudieran llegar a transformarse, después de mucho esfuerzo, de trabajo y de pestañas quemadas, en un canal con una parrilla propia y con una interesante diversidad de contenidos. También afecta ver que la plata aún compra las ideas potentes para darse el gusto de convertirlas en fiascos desastrosos. Porque sabemos que, de ser cierto, no se tratará de un tema de administración, ni de ambiciones mezquinas.

La crónica de la muerte anunciada de lo que fue este proyecto no es parte de un simple agorero apocalíptico. Se trata de anticiparse a la inercia, de darle ventaja para que siga ejerciendo su influjo. Porque entendemos que no son pocos los interesados en tapar los hoyos por los cuales puede fugarse la verdad, y filtrarse la luz. Hablamos que en este localidad, es conocido el afán de controlar la voz de los sin voz. Como botón, vale mencionar la forma pérfida en la que han sido ocupados los diales de frecuencia modulada que la subsecretaría designó para que fueran usados por las radios comunitarias, las radios del pueblo, de la gente, con programación hecha por sus propias manos (les invito a visitar una iniciativa estimulante en: www.laradioneta.cl)

Pero basta de agoreros pesimistas. No confiaremos en el rumor. Jugaremos nuestras cartas apostando a lo que dice el letrero sobre negro que emite el canal. Queremos que la tele de Melipilla vuelva, pero esta vez renovada, fresca y con toda la fuerza. No nos importa que sean los mismos rostros de siempre, pero queremos de vuelta la felicidad de las personas, los espectadores que se ven reflejados en las cosas que ellos hablan. Haremos vista gorda si publicitan demasiado al mismo boliche tórrido y lumpen de uno de los dueños del pueblito, o si protegen demasiado los intereses de otros innombrables capataces. Porque en una aldea que es cada día más global, lo único que nos queda es buscar espacios donde ver reflejada nuestra realidad local.

Soñemos un poco: un nuevo canal local llegará para mostrar los hoyos de nuestras calles, pedirá la pasarela peatonal que Vicuña Mackena necesita, y dará cuenta a las autoridades de cuán urgente es tener al menos un tacho basurero por calle. Por cierto hay mucho más por decir. Los melipillanos quieren que su propia tele comente que su gente quiere vivir en un pueblo que, aunque es pequeño y arribista, al menos aspira a ser una ciudad pobre, pero honrada.

Thursday, June 14, 2007


La vecindad del Chavo


Muchos años antes que viéramos cómo Santiago pretendía renovar su sistema de transporte público, los vecinos del Río de la Plata habían optado por implementar cobradores automáticos para dejar que los conductores hicieran su trabajo con dedicación casi exclusiva. Con la puesta en marcha, todos la pasaron mejor: el ánimo de los transportistas dejó de estar tan alterado, y los usuarios confiaron más en la calidad del servicio.
El tiempo, la tecnología, el arrollador paso de la modernidad y el crecimiento ficticio y desigualitario de Chile (el país "Kiko" de la región) dejó atrás con su innovación a los demás países del vecindario. Hoy los usuarios del transporte público santiaguino pagan con un simple ¡bip! el pasaje para llegar a casa, descontando las monedas de la carga en su tarjeta magnética. Pero la comodidad cuesta caro. El fiasco que resultó ser Transantiago, plan de transportes desquiciado, no planificado y tremendamente desmembrado, fue el costo que millones de chilenas y chilenos han tenido que pagar para que el país siga estando orgulloso de ser mejor que el Chavo; para mantener la aleonada y chauvinista imagen que aún se sostiene en el absurdo imaginario de muchos compatriotas.

Monday, June 11, 2007


Un mundo al interior de otro



Después de las primeras dos horas esperando recibir la autorización para abordar un avión para regresar a Santiago de Chile, Ignacio recordó “Autopista del sur”, un conocido cuento de Julio Cortázar. En él cuenta la historia de un grupo de personas que quedaron atochados en un taco carretero insufrible, que se fue extendiendo por horas que casi no acaban. En medio de la congestión, los automovilistas desesperados por avanzar hacia su destino, comenzaron a interactuar entre ellos, tendiéndose lazos afectivos y creando nuevos vínculos en la medida en que pasaba el tiempo. La odiosa rutina se transformó, gracias a un sublime juego del azar, en un colorido espectáculo lleno de emociones.

Paradójicamente, ninguna ficción está tan lejos de la realidad. Lo que se describe en el relato de Cortázar no sólo es parte de lo que leyó este ciudadano chileno en su niñez. Parte de ello le ocurrió a Ignacio este fin de semana cuando quedó varado en el aeropuerto de Ezeiza, el principal terminal internacional trasandino. Los vuelos fueron suspendidos a causa de la espesa neblina y las malas condiciones climatológicas. Muchas personas como él quedaron, virtualmente, apresadas, en su interior. Esto generó un atochamiento insostenible, una aglomeración que llenó el aeropuerto, y que hizo colapsar a los sistemas logísticos y operativos con los que funciona este terminal. La forma ineficiente –y a ratos inepta- con que los altos mandos de esa institución enfrentaron la crisis, hicieron que las horas de espera por salir del país –para centenares de pasajeros de distintas nacionalidades- se tornara insostenible. La autopista de Cortázar –para este caso, el aeropuerto-, se convirtió en un microclima y en una pecera. Muchos de los pasajeros esperaron sus viajes recorriendo por horas (en el peor de los casos, más de treinta), los pasillos o las tiendas libres de impuestos intentando mitigar la fatiga generada por la falta de asistencia de parte de sus líneas aéreas.

El ser humano se acostumbra y se acomoda. El encierro y la incapacidad de desplazamiento obligaron a pernoctar a cientos de estos viajeros echados en el suelo sobre colchones improvisados, siendo el cartón el aislante térmicos más codiciados de todos. Norteamericanos, europeos, brasileños y peruanos compartieron el frío y la forma de dormir en que subsisten cientos de mendicantes en el gran Buenos Aires -a muy pocos kilómetros de este escenario de transición-. Al despuntar el día, la espera enrarecida entremezcló aún más a personas de distintas razas, credos y formas de ver el mundo; en un lugar que es tierra de nadie, en un virtual encierro tan preventivo como burocrático. Horas más tarde el la situación lentamente comenzaría a resolverse. Mientras tanto, afuera en la ciudad, un grupo de personas aún recorren el gran Buenos Aires recolectando cartones para sobrevivir. El oficio de ‘cartonero’ es validado socialmente. Seguramente muchos de los restos de caja que ocuparon los pasajeros de Ezeiza como cama en su noche de encierro, están siendo vendidos hoy por a alguno de los millares de ‘cartoneros’ argentinos para dar de comer a sus familias.

Ignacio, el hombre que leyó a Cortázar cuando niño, fue protagonista del encierro en el terminal aéreo. Recordar el relato le sirvió para dar un valor distinto a esta experiencia crítica, siendo ahora un adulto. Es posible que para muchos de sus eventuales compañeros de viaje y de espera, una cama, un vaso de agua, o una tasa de café tengan hoy un valor que no se puede pagar en alguna moneda conocida. Situaciones como la que vivieron los viajantes varados en la argentina derriban muros mentales, además de acortar las diferencias sociales, políticas, étnicas o económicas. Las barreras para reconocer al otro e interactuar con él se hacen ineficientes y precarias. Es posible que en situaciones complejas, la esencia humana se haga un poco más visible. Ignacio, hombre de negocios, volverá a pisar el mismo aeropuerto decenas de veces durante los próximos meses. No estamos claros si a vivir una experiencia similar a lo antes descrito. Después de todo sospechamos que no será fácil para él olvidar la niebla que cubrió de incertidumbre a una fría autopista del sur.