La vecindad del Chavo
Muchos años antes que viéramos cómo Santiago pretendía renovar su sistema de transporte público, los vecinos del Río de la Plata habían optado por implementar cobradores automáticos para dejar que los conductores hicieran su trabajo con dedicación casi exclusiva. Con la puesta en marcha, todos la pasaron mejor: el ánimo de los transportistas dejó de estar tan alterado, y los usuarios confiaron más en la calidad del servicio.
El tiempo, la tecnología, el arrollador paso de la modernidad y el crecimiento ficticio y desigualitario de Chile (el país "Kiko" de la región) dejó atrás con su innovación a los demás países del vecindario. Hoy los usuarios del transporte público santiaguino pagan con un simple ¡bip! el pasaje para llegar a casa, descontando las monedas de la carga en su tarjeta magnética. Pero la comodidad cuesta caro. El fiasco que resultó ser Transantiago, plan de transportes desquiciado, no planificado y tremendamente desmembrado, fue el costo que millones de chilenas y chilenos han tenido que pagar para que el país siga estando orgulloso de ser mejor que el Chavo; para mantener la aleonada y chauvinista imagen que aún se sostiene en el absurdo imaginario de muchos compatriotas.

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