Melipilla, la ciudad de los cuatro diablos
Los griegos entendieron que para filosofar es preciso tener los medios que permitan vivir reposadamente, sin apremio y con una holgura que permita la reflexión. Para los indios, es imprescindible eliminar karma, desechar aquellas causas que puedan generar efectos no deseados, que impidan alcanzar un estado más elevado de conciencia.
Sin ser tan ambiciosos, sin buscar ni pretender el nirvana o el samadi, también para caminar, pensar, conversar y reflexionar, se necesita de un espacio amigable para alcanzar el desarrollo como personas. Para detenerse, reír, mirar e imbuirse. También para cantar, correr, bailar y seducir. O bien para enternecerse, entramparse, excitarse y encenderse. Para disfrutar, observar, avanzar, imaginar, destruir y construir. Para comprender, o simplemente para descartar el sentido de los pasos sobre la tierra, es la ciudad el escenario que permite crear lazos y asociaciones con los otros, con el fin de alcanzar metas más altas, y vivir una vida interior más plena.
Comunidad. Unidad común. Los cuatros espíritus que defienden desde el mito al pueblo de Melipilla, observan –desde la inacción- la realidad tercer mundista en que se vive en las calles de la ciudad aldea. Hoyos, basurales y delincuencia. Falta de parques y áreas verdes; carencia de centros de cultura y de instancias “no comerciales” que permitan a los ciudadanos interactuar y asociarse con otros miembros de este tácito pacto común, en una forma amable y placentera.
Hartos de promesas, y lejos de los problemas de transporte que aquejan a la gran urbe y que absorbe las portadas de los noticieros, nuestro hogar común sufre de una enorme despreocupación por parte de sus descuidadas autoridades.Hay muchos más músicos, poetas, artistas, creadores, amantes, pensadores, científicos, matemáticos, investigadores, futbolistas -entre una lista casi innumerable de hobbies y oficios-, que buscan construir su destino en medio de las paredes que conforman el Maipo y la carretera hacia San Antonio. Sabemos que del otro lado, la realidad es distinta. Otro Melipilla existe extramuros. No ha de impresionarnos: Santiago estuvo dividido durante años en el sector de Plaza Italia, aunque dicen que la frontera ahora se corrió hasta el centro comercial Apumanque. Es el mal endémico de una sociedad que intenta reparar la desigualdad heredada desde la dictadura militar.
No soy un paria y el fin de esta columna de opinión es la literatura. Para no perder el sentido, vuelvo al precario argumento de los griegos y los indios, el que recuerda lo importante de la plenitud para poder crear, pensar y crecer. Del mismo modo lo es para hacer poesía, realizar un ensayo o volcarse al mundo de las letras. En las más de cien mil almas que moramos en el pueblo dormitorio hay muchas más ambiciones que ser consumidores respetables y disciplinados de un par de comercios transnacionales.
Hace no muchos días recibí un correo electrónico de parte de una fundación cultural que está realizando conciertos de guitarra de un altísimo nivel en Melipilla. Una mujer envío, por la misma vía –y con total generosidad-, dos poemas de su autoría en los que da cuenta de la incomodidad a la que hacemos referencia en las líneas que anteceden. A través de ellas simplemente queremos rendir un modesto homenaje a aquellos héroes que, sin alzar una espada como la estatua gris de la Plaza de Armas, luchan cotidianamente para hacer de esta ciudad un sitio un poco más tolerable. Para los capitalinos, el Transantiago seguirá siendo el karma que destruya el presupuesto y la paciencia. Acá, en provincia, habrá que continuar intentando vencer a los fantasmas generados por la despreocupación y la carroña oligopólica (o monopólica, según sea el caso).
Un pueblo, decía Vicente Huidobro, es una unión de almas y no una piara. Damos fe que son muchos los convencidos en que la migración del campo a la ciudad no es la mejor forma en podremos resolver este problema.
Sin ser tan ambiciosos, sin buscar ni pretender el nirvana o el samadi, también para caminar, pensar, conversar y reflexionar, se necesita de un espacio amigable para alcanzar el desarrollo como personas. Para detenerse, reír, mirar e imbuirse. También para cantar, correr, bailar y seducir. O bien para enternecerse, entramparse, excitarse y encenderse. Para disfrutar, observar, avanzar, imaginar, destruir y construir. Para comprender, o simplemente para descartar el sentido de los pasos sobre la tierra, es la ciudad el escenario que permite crear lazos y asociaciones con los otros, con el fin de alcanzar metas más altas, y vivir una vida interior más plena.
Comunidad. Unidad común. Los cuatros espíritus que defienden desde el mito al pueblo de Melipilla, observan –desde la inacción- la realidad tercer mundista en que se vive en las calles de la ciudad aldea. Hoyos, basurales y delincuencia. Falta de parques y áreas verdes; carencia de centros de cultura y de instancias “no comerciales” que permitan a los ciudadanos interactuar y asociarse con otros miembros de este tácito pacto común, en una forma amable y placentera.
Hartos de promesas, y lejos de los problemas de transporte que aquejan a la gran urbe y que absorbe las portadas de los noticieros, nuestro hogar común sufre de una enorme despreocupación por parte de sus descuidadas autoridades.Hay muchos más músicos, poetas, artistas, creadores, amantes, pensadores, científicos, matemáticos, investigadores, futbolistas -entre una lista casi innumerable de hobbies y oficios-, que buscan construir su destino en medio de las paredes que conforman el Maipo y la carretera hacia San Antonio. Sabemos que del otro lado, la realidad es distinta. Otro Melipilla existe extramuros. No ha de impresionarnos: Santiago estuvo dividido durante años en el sector de Plaza Italia, aunque dicen que la frontera ahora se corrió hasta el centro comercial Apumanque. Es el mal endémico de una sociedad que intenta reparar la desigualdad heredada desde la dictadura militar.
No soy un paria y el fin de esta columna de opinión es la literatura. Para no perder el sentido, vuelvo al precario argumento de los griegos y los indios, el que recuerda lo importante de la plenitud para poder crear, pensar y crecer. Del mismo modo lo es para hacer poesía, realizar un ensayo o volcarse al mundo de las letras. En las más de cien mil almas que moramos en el pueblo dormitorio hay muchas más ambiciones que ser consumidores respetables y disciplinados de un par de comercios transnacionales.
Hace no muchos días recibí un correo electrónico de parte de una fundación cultural que está realizando conciertos de guitarra de un altísimo nivel en Melipilla. Una mujer envío, por la misma vía –y con total generosidad-, dos poemas de su autoría en los que da cuenta de la incomodidad a la que hacemos referencia en las líneas que anteceden. A través de ellas simplemente queremos rendir un modesto homenaje a aquellos héroes que, sin alzar una espada como la estatua gris de la Plaza de Armas, luchan cotidianamente para hacer de esta ciudad un sitio un poco más tolerable. Para los capitalinos, el Transantiago seguirá siendo el karma que destruya el presupuesto y la paciencia. Acá, en provincia, habrá que continuar intentando vencer a los fantasmas generados por la despreocupación y la carroña oligopólica (o monopólica, según sea el caso).
Un pueblo, decía Vicente Huidobro, es una unión de almas y no una piara. Damos fe que son muchos los convencidos en que la migración del campo a la ciudad no es la mejor forma en podremos resolver este problema.
