Monday, October 22, 2007


Chile, un país sin pobres

“Creo que Chile tiene algunos aciertos; ha dejado de tener el problema de los pobres, pero no porque ha dejado de tener pobres, sino porque ha dejado de mirarlos. Para mi, Chile piensa que se construye sólo de la clase media para arriba
Jorge Lanata, en El Mercurio, D 21, 21 de octubre de MMVII.

Monday, October 08, 2007


¡Damos un paso al frente, y dos hacia adelante!

Un 5 de octubre nuestro país venció el miedo y se atrevió a enfrentar a la muerte. Chile dijo NO a la dictadura, a través de un simple papel marcado por una línea, en un acto de dignidad y de igualdad transitoria. Casi veinte años más tarde el dictador yacía dentro de una tumba, sepultando diecisiete años de dolor, autoritarismo y latrocinio sistemático.

Pero su herencia oscura sigue rebotando, y la historia aún no es capaz de escriturar los hechos que sellaron la década de los setenta con la instauración de la dictadura. El judío Kreutzberger heredó a su hija un programa de televisión, Lagos generó las condiciones para que su primogénito –un renovado y postmoderno animal político- se insertara en un ministerio. Pinochet, el testador del odio y la infamia, heredó al país la desigualdad social. Melipilla siempre rural, se hizo más pobre y arribista, y perpetuó la ley del más fuerte en el poder. Los hacendados se anclaron a los pedazos de tierra que usurparon a los trabajadores, a quienes aún subyugan a punta de sol y fertilizantes en el campo.

Este jueves, un nuevo capítulo de la historia tórrida trajo a la memoria histórica de los chilenos lo que constituye lo peor de lo nuestro. El dictador no reparó en gastos, y legó a su familia la carga de una presunta culpabilidad por la malversación de caudales públicos. La “Casa Militar” arrastró a la “casa” Pinochet a centros de detención a pocas horas de connemorar un nuevo aniversario del triunfo en contra del régimen dictatorial que instauró su padre. Su viuda enferma cayó desvanecida ante la orden de detención. En el Hospital Militar de Santiago seguramente muchos de los actuales médicos y profesionales que allí trabajan -y pertenecen a la generación de los noventa-, seguramente ignoran esta historia. El relato de militares armados con fusiles en las calles es para ellos un cuento casi mítico, que se ve a lo lejos en el relato de los viejos, documentales o reportajes especiales.

Es probable que la generación “Pókemon-lais” también entienda poco respecto de la historia reciente de nuestro país. Más de algún curioso googleará para intentar descubrir a personajes tan emblemáticos como Pinochet, Contreras, Aitken o Garín. A los otros, lo de antaño, nos quedará el recuerdo del politécnico custodiado por hombres de verde armados con M-16; de la escuela Carol Urzúa y las fotos del innombrable pegadas en los muros. Nosotros, los de la voz ochentera, seguiremos bailando uno frente al otro, con el miedo inconsciente de expresarnos con el cuerpo, la palabra y el pensamiento. La represión causó el temor que castró a toda nuestra generación y también a la anterior. Algunos de los que lucharon en aquel entonces se enquistaron en el poder político, otros tantos tomaron palco y se entregaron al consumo. Un grupo menor de desmemoriados -pero no por ello intrascendente- continúa luchando desde las catacumbas, como topos, como hormigas, evitando repetir la historia oscura que cada tres o cuatro décadas tiñe con sangre las calles de Chile. El trabajo es incesante y la batalla continúa con la fe y la convicción de que, más temprano que tarde, habrá alamedas que se abrirán para nosotros.

(Publicado en Diario El Labrador un VII- X- MMVII)

El sueño se escribe a mano... ¡y sin permiso!

Las protestas son una forma de llamar la atención cuando algo no funciona bien. El ser humano llora, desde su niñez, para obtener abrigo, para anunciar el dolor o pedir el alimento. El hombre -agrupado con sus pares-, ha logrado cambios cuánticos en la organización social manifestando su descontento a través de actos emblemáticos en contra del orden imperante. Revolución francesa o Mayo del 68: son las ideas las que dan una dirección a las masas que buscan una mayor participación, un poco más de libertad, o una forma mejor de vivir.

Esta semana en Myanmar, grupos pacifistas y monjes budistas marcharon por las calles de Rangún para protestar contra el gobierno dictatorial de los militares. Miles de personas se congregaron en las calles de Birmania para exigir dignidad a las autoridades, intentando construir –con un simple, pero simbólico movimiento-, la llegada de un nuevo orden social. Pero el régimen acalló la voz de los disidentes en el interior del estado. Organismos de inteligencia aún se encargan de desarticular a los grupos disidentes, en tanto el ministerio de la seguridad controla la internet y ataca con virus los sitios de los opositores.

Hace un par de años en Melipilla, un movimiento adolescente tomó como bandera de lucha recuperar el Teatro Serrano. La idea de conservar el elefante blanco no era mala, entendiendo que el fin era entregar a las comunidad un espacio en el cual intercambiar ideas e impregnarse de nuevas ideofacturas. La ciudad se contagió con el entusiasmo, y muchos participaron de las actividades que ellos desarrollaron para acopiar militantes para su causa. Se unieron decenas de personas, y centenares firmaron para manifestar su apoyo. Pero el pie grande del establishment aplastó a la agrupación y desmembró paulatinamente a este movimiento que tuvo más ganas que fuerza. La falta de conducción les impidió sostenerse en sus propios músculos.

Pero los viejos ancianos de la política partidista, los infranqueables yanaconas de los monopolistas que rigen el porvenir económico de nuestra aldea, lograron su objetivo: desgastar al ya deslavado movimiento, y echar abajo las ilusiones de sus milicianos. Los muchachos intentaron legitimar la iniciativa, y cometieron el error de sentarse a conversar con los poderes locales involucrados. Olvidaron o ignoraron que el sueño se escribe a mano y SIN PERMISO. La transa, la burocracia y la lucha de egos entre los promotores de la iniciativa, llevó a que el medio fuera más importante que el fin. Y así se perdieron las ganas de seguir avanzando, cuando no se vio claro el objetivo. Los jóvenes, por su parte, se desgastaron en sus miopes ambiciones.

Más allá de los recuerdo, el Teatro Serrano NO existe. El cine Palace, tampoco. “La casa de la juventud”, es historia. Ignoro si el Ateneo es hoy algo más que el nombre pomposo que tiene. Lejos de la nostalgia, la realidad es que Melipilla necesita un espacio para socializar más allá del comercio (aunque sea una frase que ya hemos repetido majaderamente y hasta el cansancio en este espacio dedicado a los libros). El trabajo de los nuevos movimientos debe apuntar a conquistar espacios o a crear nuevas instancias de interacción social. Un verano en familia es una flor que no hace primavera. Actividades esporádicas sólo sirven para justificar recursos. Se requiere de una política cultural más sostenida y contundente, autoridades más comprometidas, y comerciantes que no sólo hablen de cultura, sino que actúen y se comprometan más.

Los movimientos reivindicativos no deben pedir permiso al sistema para sobrevivir. Los sueños se escriben a mano, y sin permiso. Hace poco mataron a unos monjes budistas en Birmania. Aún habemos algunos dispuestos a inmolarnos. A miles de kilómetros de distancia, en Melipilla en tanto, hay lugares donde la justicia, la equidad y la prosperidad, está muy lejos de arribar aún.