El sueño se escribe a mano... ¡y sin permiso!
Las protestas son una forma de llamar la atención cuando algo no funciona bien. El ser humano llora, desde su niñez, para obtener abrigo, para anunciar el dolor o pedir el alimento. El hombre -agrupado con sus pares-, ha logrado cambios cuánticos en la organización social manifestando su descontento a través de actos emblemáticos en contra del orden imperante. Revolución francesa o Mayo del 68: son las ideas las que dan una dirección a las masas que buscan una mayor participación, un poco más de libertad, o una forma mejor de vivir.
Esta semana en Myanmar, grupos pacifistas y monjes budistas marcharon por las calles de Rangún para protestar contra el gobierno dictatorial de los militares. Miles de personas se congregaron en las calles de Birmania para exigir dignidad a las autoridades, intentando construir –con un simple, pero simbólico movimiento-, la llegada de un nuevo orden social. Pero el régimen acalló la voz de los disidentes en el interior del estado. Organismos de inteligencia aún se encargan de desarticular a los grupos disidentes, en tanto el ministerio de la seguridad controla la internet y ataca con virus los sitios de los opositores.
Hace un par de años en Melipilla, un movimiento adolescente tomó como bandera de lucha recuperar el Teatro Serrano. La idea de conservar el elefante blanco no era mala, entendiendo que el fin era entregar a las comunidad un espacio en el cual intercambiar ideas e impregnarse de nuevas ideofacturas. La ciudad se contagió con el entusiasmo, y muchos participaron de las actividades que ellos desarrollaron para acopiar militantes para su causa. Se unieron decenas de personas, y centenares firmaron para manifestar su apoyo. Pero el pie grande del establishment aplastó a la agrupación y desmembró paulatinamente a este movimiento que tuvo más ganas que fuerza. La falta de conducción les impidió sostenerse en sus propios músculos.
Pero los viejos ancianos de la política partidista, los infranqueables yanaconas de los monopolistas que rigen el porvenir económico de nuestra aldea, lograron su objetivo: desgastar al ya deslavado movimiento, y echar abajo las ilusiones de sus milicianos. Los muchachos intentaron legitimar la iniciativa, y cometieron el error de sentarse a conversar con los poderes locales involucrados. Olvidaron o ignoraron que el sueño se escribe a mano y SIN PERMISO. La transa, la burocracia y la lucha de egos entre los promotores de la iniciativa, llevó a que el medio fuera más importante que el fin. Y así se perdieron las ganas de seguir avanzando, cuando no se vio claro el objetivo. Los jóvenes, por su parte, se desgastaron en sus miopes ambiciones.
Más allá de los recuerdo, el Teatro Serrano NO existe. El cine Palace, tampoco. “La casa de la juventud”, es historia. Ignoro si el Ateneo es hoy algo más que el nombre pomposo que tiene. Lejos de la nostalgia, la realidad es que Melipilla necesita un espacio para socializar más allá del comercio (aunque sea una frase que ya hemos repetido majaderamente y hasta el cansancio en este espacio dedicado a los libros). El trabajo de los nuevos movimientos debe apuntar a conquistar espacios o a crear nuevas instancias de interacción social. Un verano en familia es una flor que no hace primavera. Actividades esporádicas sólo sirven para justificar recursos. Se requiere de una política cultural más sostenida y contundente, autoridades más comprometidas, y comerciantes que no sólo hablen de cultura, sino que actúen y se comprometan más.
Los movimientos reivindicativos no deben pedir permiso al sistema para sobrevivir. Los sueños se escriben a mano, y sin permiso. Hace poco mataron a unos monjes budistas en Birmania. Aún habemos algunos dispuestos a inmolarnos. A miles de kilómetros de distancia, en Melipilla en tanto, hay lugares donde la justicia, la equidad y la prosperidad, está muy lejos de arribar aún.
Esta semana en Myanmar, grupos pacifistas y monjes budistas marcharon por las calles de Rangún para protestar contra el gobierno dictatorial de los militares. Miles de personas se congregaron en las calles de Birmania para exigir dignidad a las autoridades, intentando construir –con un simple, pero simbólico movimiento-, la llegada de un nuevo orden social. Pero el régimen acalló la voz de los disidentes en el interior del estado. Organismos de inteligencia aún se encargan de desarticular a los grupos disidentes, en tanto el ministerio de la seguridad controla la internet y ataca con virus los sitios de los opositores.
Hace un par de años en Melipilla, un movimiento adolescente tomó como bandera de lucha recuperar el Teatro Serrano. La idea de conservar el elefante blanco no era mala, entendiendo que el fin era entregar a las comunidad un espacio en el cual intercambiar ideas e impregnarse de nuevas ideofacturas. La ciudad se contagió con el entusiasmo, y muchos participaron de las actividades que ellos desarrollaron para acopiar militantes para su causa. Se unieron decenas de personas, y centenares firmaron para manifestar su apoyo. Pero el pie grande del establishment aplastó a la agrupación y desmembró paulatinamente a este movimiento que tuvo más ganas que fuerza. La falta de conducción les impidió sostenerse en sus propios músculos.
Pero los viejos ancianos de la política partidista, los infranqueables yanaconas de los monopolistas que rigen el porvenir económico de nuestra aldea, lograron su objetivo: desgastar al ya deslavado movimiento, y echar abajo las ilusiones de sus milicianos. Los muchachos intentaron legitimar la iniciativa, y cometieron el error de sentarse a conversar con los poderes locales involucrados. Olvidaron o ignoraron que el sueño se escribe a mano y SIN PERMISO. La transa, la burocracia y la lucha de egos entre los promotores de la iniciativa, llevó a que el medio fuera más importante que el fin. Y así se perdieron las ganas de seguir avanzando, cuando no se vio claro el objetivo. Los jóvenes, por su parte, se desgastaron en sus miopes ambiciones.
Más allá de los recuerdo, el Teatro Serrano NO existe. El cine Palace, tampoco. “La casa de la juventud”, es historia. Ignoro si el Ateneo es hoy algo más que el nombre pomposo que tiene. Lejos de la nostalgia, la realidad es que Melipilla necesita un espacio para socializar más allá del comercio (aunque sea una frase que ya hemos repetido majaderamente y hasta el cansancio en este espacio dedicado a los libros). El trabajo de los nuevos movimientos debe apuntar a conquistar espacios o a crear nuevas instancias de interacción social. Un verano en familia es una flor que no hace primavera. Actividades esporádicas sólo sirven para justificar recursos. Se requiere de una política cultural más sostenida y contundente, autoridades más comprometidas, y comerciantes que no sólo hablen de cultura, sino que actúen y se comprometan más.
Los movimientos reivindicativos no deben pedir permiso al sistema para sobrevivir. Los sueños se escriben a mano, y sin permiso. Hace poco mataron a unos monjes budistas en Birmania. Aún habemos algunos dispuestos a inmolarnos. A miles de kilómetros de distancia, en Melipilla en tanto, hay lugares donde la justicia, la equidad y la prosperidad, está muy lejos de arribar aún.

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