Melipilla, día de un año...
De pronto las luces de la ciudad se agolpan estereofónicamente sobre mi cabeza. De pronto, y un tanto hostigado por el quejido constante de los antagonistas del cambio, me permito evadir a una señora que alega contra el Transantiago porque hoy día no pudo tomar la micro frente a su casa, que no cree en las políticas públicas, porque éstas son una cosa sencilla ante sus ojos ilusos. Un poco de aire contaminado me refresca. Enciendo el pérsonal: “¿Cuántas veces me mataron?, ¿Cuántas veces me morí? Sin embargo estoy aquí, resucitando”; y un tema añejo me recuerda cuando, ‘guitarra en mano’, soñamos con resucitar a Melipilla, tocando música y haciendo el circo para los inmigrantes y politiqueros que mueven los hilos de esta crecida marioneta.Y todo pasó de pronto. Me fui en esos buses del abuso que son un monopolio. Releo “Ser niño huacho en la historia de Chile. (Siglo XIX)” (1). Un tipo escribía en su portátil, ante el asombro de un niño que pasmado, configuraba en su imaginario el avance de la tecnología mirando el aparato. Me asombra lo insólito que puede ser para algunos, lo que para otros es cotidiano. Su madre decidió llevarlo en brazos, aunque ya no es un chiquillo. También de pronto, y así como de repente, un hombre le exigió a señora que pagara el pasaje del muchacho. Entonces, y también de pronto, los libros de nuevo sirvieron de algo. Recordé al profesor Salazar (que se ganó un Premio Nacional por hablar aquello que no les gusta oír a quienes los premiaron) cuando recordaba aquella historia de ese padre sumiso que deja entrar al patrón al rancho, para que se “divierta” con sus tías, su mamá y sus hermanas para servirle pleitesía, únicamente porque el cabrón era el dueño de la casa, de la hacienda y de parte de su pueblo.
Me dan ganas de leer y releer una y otra vez el “Balance patriótico”, la Historia de Chile narrada por Salazar y Pinto y el poema de Lihn donde contaba que nunca salió del horroroso Chile. Estoy llegando al politécnico y -también de pronto-, siento orgullo por mi origen obrero, trabajador, campesino y proletario. Cuando lo comento, percibo una cierta molestia por parte de aquellos próceres de esta zona agrícola y zapatera que alimentaron una amnesia incomprensible e intolerable, que beneficia el acoso histórico de los hacendados frente al pueblo.
En un muro del “Nuevo Roma”, un antro de la ciudad de Valparaíso, leí por primera vez la frase: “Hemos guardado un silencio muy parecido a la estupidez”.
(1) Gabriel Salazar, reeditado por Lom Ediciones este año. Un fragmento está disponible en americas.sas.ac.uk/publications/genero/genero_segunda1_Salazar.pdf

0 Commentarios:
Post a Comment
<< Home